“Los labios de la mujer extraña destilan miel y su paladar es más suave que el aceite, pero su final es amargo como el ajenjo”. Pr. 5:3-4
Los proverbios de Salomón son una recopilación de dichos (de palabras sabias) de la antigüedad, de manera que en estos versículos no existe parábola alguna, todo debe interpretarse literalmente como está escrito. Para complementar el versículo anterior, citaremos dos versículos más del mismo capítulo: “Bebe agua de tu propia cisterna, los raudales de tu propio pozo” (Pr. 5:15), “¿Porqué, hijo mío, has de andar ciego con la mujer ajena y abrazar el seno de la extraña?” (Pr. 5:20).
Para muchos no convertidos a Cristo resultaría difícil poner en práctica los versículos citados anteriormente. El pecado es algo bueno y agradable a la carne, así mismo lo declara Pr. 5:3, pero el final es amargo como el ajenjo (Pr. 5:4). Proverbios 5 nos exhorta a alegrarnos la vida con la mujer que Dios nos dio y a no acudir a la mujer ajena. El rey David tenía muchas mujeres y vio la mujer de uno de sus soldados, la de Urías y estuvo con ella (2 Samuel 11:1-4). Esta concibió y David intentó por los medios posibles juntar a Urías (que estaba en la guerra) con su esposa para hacer creer a Urías que la criatura era de él. Como el pueblo estaba en guerra, Urías no visitó su casa. Lo último que hizo David fue enviar a Urías al frente de la batalla, en lo más recio, para que muriera. Al final de esta historia, Jehová amonestó a David (2 Samuel 12) por esto tan grave que hizo.
Si Dios nos dio esposa (o novia), procuremos estar siempre con ella y no mirar otra.










